Cuando el problema ya no es llegar, sino decidir hacia dónde seguir…

Esta mañana me desperté antes de que amaneciera. No tiene nada de extraordinario en realidad, ya que, de hecho, me ocurre prácticamente todos los días desde que tengo memoria, jeje… y bueno, he de confesar que desde siempre me ha gustado ese momento en el que el mundo todavía no ha decidido ponerse en marcha. No hay ruido, ni llamadas, ni correos (bueno algunos sí que hay siempre, por aquello de los husos horarios, jeje)… pero en ese momento, no hay prisas. Sólo existe esa sensación extraña de estar unos minutos por delante del resto del planeta, ya que en un lado están durmiendo y en el otro aun no despiertan… hoy amanecí filosofando, qué le vamos a hacer.

Salté de la cama e hice lo que ahora hago habitualmente. Caminé hasta la playa, observé el horizonte todavía oscuro y entré en el agua mientras el sol seguía escondido casi del todo. A esas horas siempre ocurre algo que me sigue pareciendo especial y que me gusta mucho. Los peces aparecen… algunos dirán que simplemente pasan por allí, pero yo prefiero pensar que vienen a saludar (¡Hey, qué pasa JuanMa!). Los veo prácticamente cada mañana… creo que ya reconocen la rutina igual que yo, jeje

Mientras avanzaba lentamente y el agua me llegaba cada vez más arriba, comencé a pensar en algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza. No fue una reflexión provocada por un problema. No fue una preocupación, ni tampoco una crisis. Fue más bien una conversación conmigo mismo, de esas que sólo ocurren cuando el ruido desaparece y uno ya no tiene excusas para distraerse.

Entonces, mientras avanzaba mar adentro me di cuenta de algo que me resulta difícil explicar… hay personas que llegan a una etapa de su vida buscando tranquilidad, otras buscan estabilidad, y otras buscan simplemente dejar de preocuparse. Está claro que todas esas cosas son perfectamente legítimas. El “problema” es que, a veces, uno consigue gran parte de aquello que un día perseguía y descubre que la tranquilidad no siempre produce plenitud. Produce paz, sí. Produce satisfacción, también… pero no necesariamente produce esa sensación de estar utilizando todo aquello que llevas dentro.

Durante mucho tiempo pensé que la inquietud desaparecía cuando alcanzábamos determinadas metas en la vida… creo que muchos pensamos lo mismo cuando somos jóvenes (e inexpertos). Imaginamos que existe una especie de “línea de llegada”… un lugar donde finalmente podremos sentarnos, mirar atrás y sentir que la historia está completa; sin embargo, cuanto más observo la vida y más observo a las personas que han construido cosas importantes, más convencido estoy de que esa línea no existe. Lo que existe son diferentes etapas, diferentes capítulos, y desde luego, diferentes versiones de nosotros mismos.

«Hay momentos en la vida en los que el problema no es que te falte algo. El problema es que todavía te sobra potencial…»

Mientras seguía caminando por el agua pensaba precisamente en eso… pensaba en cómo cambia la naturaleza de las decisiones con el paso de los años. Cuando somos jóvenes solemos decidir desde la necesidad, ya que necesitamos experiencia, dinero, estabilidad… necesitamos construir una reputación; sin embargo, llega un momento en el que algunas decisiones dejan de estar impulsadas por la necesidad y empiezan a estar impulsadas por la convicción. Ya no se trata de “sobrevivir”… se trata de decidir qué queremos hacer con el tiempo que nos queda por delante… y bueno, esa diferencia lo cambia todo.

¿Por qué? porque cuando desaparece la urgencia, aparece la claridad. Uno empieza a preguntarse si está utilizando realmente todo aquello que sabe. Empieza a preguntarse si todavía tiene algo más que aportar, cuántas ideas siguen guardadas en algún rincón esperando la oportunidad de convertirse en realidad… pero, sobre todo, empiezas a preguntarte si la vida que estás viviendo coincide con la vida que podrías construir desde quién eres ahora.

Mientras aparecían los primeros reflejos de luz sobre el agua comprendí algo que me produjo una enorme tranquilidad… y es que gran parte del miedo que tenemos ante ciertas decisiones nace de la sensación de que podríamos perderlo todo; sin embargo, la experiencia termina enseñándonos algo diferente. Llega una etapa en la que uno deja de confiar exclusivamente en las circunstancias y empieza a confiar en sí mismo… y no porque crea que todo saldrá bien, ni porque piense que el futuro está garantizado (tampoco hay que ser iluso, jeje). Simplemente porque ya has recorrido suficiente camino para saber que siempre encontrarás una forma de volver a construir.

«La confianza no consiste en creer que nada saldrá mal. Consiste en saber que sabrás qué hacer cuando algo salga mal…»

Quizá por eso mi reflexión de esta mañana no giraba alrededor del miedo. Giraba alrededor de la responsabilidad. Porque cuando uno ha tenido la suerte de acumular experiencia, aprendizajes, relaciones y proyectos a lo largo de los años, acaba comprendiendo que su verdadera seguridad nunca estuvo donde pensaba. Nunca estuvo exclusivamente en un cargo, ni en una organización, ni en una situación concreta… la verdadera “seguridad” siempre estuvo en la capacidad de generar valor.

Pensé en todas las personas que he tenido la fortuna de conocer a lo largo de los años. Personas repartidas por distintos países. Clientes, amigos, compañeros, alumnos, colegas, lectores, profesionales con los que he colaborado de una forma u otra… y me di cuenta de que, independientemente de dónde estuviera mañana, seguiría encontrando personas con las que construir cosas, seguiría encontrando conversaciones interesantes, oportunidades para aportar, pero sobre todo, seguiría encontrando sonrisas y aprecio sincero… y aunque eso no garantiza absolutamente nada, la verdad es que resulta profundamente reconfortante ¿No crees?

¿Por qué? Pues porque cuando has dedicado años a ayudar a otros, a enseñar, a compartir conocimiento, a construir comunidades y a trabajar junto a personas extraordinarias, terminas descubriendo que nunca vuelves a empezar completamente desde cero. Nunca, pero nunca.

«Cuando has sembrado durante años, el futuro deja de parecer un salto al vacío y empieza a parecer un terreno conocido…»

Mientras el sol comenzaba finalmente a aparecer pensé también en mis hijos. Quizá porque cada vez soy más consciente de que las lecciones importantes no se transmiten con discursos, sino con el ejemplo… y si hay algo que me gustaría que aprendieran es que no deben construir su vida alrededor del “miedo”. Que no deben permitir que la indecisión termine ocupando el espacio que corresponde a la ilusión, y que la prudencia es necesaria, pero que existe una enorme diferencia entre ser prudente y vivir permanentemente paralizado.

La vida nunca viene acompañada de garantías. Nunca las ha tenido y nunca las tendrá. Sin embargo, también es cierto que las mejores cosas que nos ocurren rara vez nacen de la certeza absoluta… nacen de una decisión, de una apuesta, de una convicción… nacen de la voluntad de avanzar incluso cuando todavía no podemos ver el camino completo… y bueno pues, quizá esa sea una de las lecciones más importantes que me gustaría transmitirles algún día. Que las alas no se limpian para permanecer siempre en el mismo sitio. Se limpian para estar preparados cuando llegue el momento de volar.

«Las personas más afortunadas no son las que nunca sienten dudas. Son las que aprenden a avanzar a pesar de ellas…»

Mientras me alejaba cada vez más de la orilla apareció una reflexión especialmente incómoda. A veces pensamos demasiado en lo que podríamos perder si damos un paso adelante. Muy pocas veces pensamos en todo aquello que podríamos dejar de construir si decidimos quedarnos exactamente dónde estamos. Porque también existe un coste en la inmovilidad, en las ideas que nunca desarrollamos, en los proyectos que nunca iniciamos, en las personas a las que nunca ayudamos… existe un coste en todo aquello que podríamos haber creado y que jamás llegó a existir porque esperamos demasiado tiempo… y ahí comprendí algo importante. Lo que estaba pensando no tenía realmente que ver con dinero, ni con posiciones, ni mucho menos con reconocimiento… la realidad es que si quisiera vivir de forma tranquila, podría hacerlo. Sin ninguna duda. Podría disfrutar del camino recorrido, contemplar los años que han quedado atrás y sentirme agradecido por ellos hasta que «tenga que irme» o hasta que caiga el meteorito… y sería una vida estupenda.

Pero la cuestión ya no parece ser esa. La cuestión es que sigo sintiendo ganas de construir, de crear, de aportar… sigo sintiendo ganas de hacer cosas que todavía no existen… y esas sensaciones no desaparecen simplemente porque decidamos ignorarlas.

«Llega una edad en la que el verdadero lujo ya no consiste en tener más. Consiste en poder dedicar tu vida a aquello que consideras importante…»

Cuando el sol terminó de salir comprendí que la respuesta aún no había llegado… y que, muy de seguro, tardará un tiempo en llegar (quizá mañana, jaja). Tal vez tenga que diseñar una forma de cumplir con todos los compromisos que considero importantes mientras sigo acercándome a aquello que quiero construir. Tal vez el desafío no consista en elegir entre dos caminos, sino en encontrar una forma inteligente de recorrer ambos… ¡Quién sabe! …pero en medio de todo esto, también comprendí algo mucho más valioso. El tiempo sigue avanzando, y siempre lo hace… y algunas decisiones no deberían posponerse eternamente. No porque exista una urgencia externa, sino porque existe una voz interior que lleva demasiado tiempo llamando a la puerta.

Volví hacia la orilla con una extraña sensación de calma. No porque hubiera encontrado todas las respuestas… ¡qué va! al contrario. Algunas preguntas seguían allí… pero las preguntas ya no me parecían una amenaza como cuando llegué a la playa… Me parecían una invitación. Porque después de muchos años construyendo, aprendiendo, cayendo, emprendiendo, enseñando, equivocándome y comenzando de nuevo cuando ha sido necesario, hay una certeza que sí me acompaña… no sé exactamente qué forma tendrá el próximo capítulo, ni cuál será el siguiente paso. Tampoco sé qué me traerán los próximos años. Pero sí sé algo. Decida lo que decida, y se crucen las circunstancias que sean, siempre caeré de pie… porque eso es lo que ocurre cuando le echas “eso que ponen las gallinas”, y cuando uno comprende eso, los horizontes dejan de dar miedo, y empiezan a despertar ilusión. Mucha, muchísima… siempre.

Gracias por llegar hasta aquí. ¡Espero que tengas una semana genial! ✌🏻☺️

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